De Nueva York a San Juan, con las maletas llenas

En una rampa de la autopista por Cayey. (Photo by Maite Junco)

Maite Junco, quien fue editora de Voices of NY entre 2012 y 13, viajó recientemente con su esposa Wanda de Nueva York a Puerto Rico para llevar ayuda a amigos y familiares. Este el relato de Maite de su visita de cinco días (read in English):

Día 1

Llegamos a un aeropuerto Luis Muñoz Marín completamente encendido, con pasajeros tomando tragos, comprando en las tiendas “duty free” y esperando en las salas de espera refrescadas por el aire acondicionado. El ambiente de normalidad duró poco. En el reclamo de equipaje, viajeros ansiosos y soldados estadounidenses uniformados esperan para recoger motosierras, contenedores de gasolina, sacos marineros y maletas llenas a rebosar. Una pareja con cuatro piezas de equipaje abre una para comprobar que todo sigue ahí. Asoma una batería enorme, de la mitad del tamaño de la de un carro. “Todo esto es comida y baterías para mi mamá en Orocovis”, dijo la mujer.

Cuando salimos del aeropuerto, el tráfico se para en seco. El vicepresidente Pence está en la ciudad. Mientras estamos parados por al menos una hora, caminamos por el asfalto, vemos aterrizar una serie de aviones gigantescos de la fuerza aérea de Estados Unidos, y escuchamos las quejas de una ciudadanía exhausta. Detrás nuestro se oye un conductor: “¿Tienes vasos?” Poco después, en la tarde cálida y húmeda, circulan los tragos. Bienvenidos al Caribe. A Macondo. A una ciudad y un país en ruinas y en el caos. Y a un pueblo decidido a hacer de tripas corazón.

En el aeropuerto, equipaje lleno de donaciones de pasajeros. (Photo by Maite Junco)

Nos apresuramos a llegar a nuestro pequeño apartamento en Ocean Park antes de las 7:30 p.m. Esa es la hora en que el generador, que sólo sirve para el elevador y las luces del vestíbulo, se apaga tras su turno de una hora y media por la tarde. No queremos subir cinco pisos a pie con nuestro propio equipaje a rebosar. En la oscuridad, con linternas de cabeza, ordenamos los diferentes artículos y peticiones para familiares y amigos, y donaciones en general: radios de baterías (resultaron un éxito), cientos de baterías de todos los tamaños, repelente para insectos, una estufa de gas para acampar, fórmula para bebés, tabletas para purificar agua, Imodium, Pepto, guantes, barras energéticas, un cargador de celular de energía solar, baterías solares recargables, sobres con dinero en efectivo y mensajes afectuosos.

Desde mi primer viaje a La Habana en 1995 no había tenido a tanta gente pidiéndome que le lleve cosas a familiares. Esa primera noche salimos a una ciudad de 400,000 habitantes sumida en la oscuridad completa. No hay luces ni semáforos; sólo esporádicamente aparece algún negocio iluminado con generador. Es una visión abrumadora. La destrucción es palpable pero no seremos capaces de verlo del todo hasta que sea de día. En medio de la oscuridad logramos algo parecido a una hazaña. Entregamos un sobre a una amistad en Santurce, después de gritar como lunáticos frente al edificio hasta que un vecino nos oye. Llevamos la estufa de gas al barrio de Carolina, donde la madre de Wanda no ha sido capaz de cocinar desde que María arrasó con todo el 20 de Septiembre. También intentamos sin éxito otras entregas y visitamos a mi madre en Río Piedras.

Día 2

Nos levantamos en casa de mi hermano, que tiene un generador funcionando por la noche. Agradecemos la noche de sueño reparador y la taza de café caliente. Eso son tres lujos en este nuevo Puerto Rico. Siguiendo las orientaciones de mi cuñada Margarita, empezamos el día con una entrega en el Boys and Girls Club del residencial Las Margaritas en Santurce, más allá de Barrio Obrero. El viaje por la mañana empieza a revelar el nivel de destrucción. Hay árboles caídos por todas partes: árboles jóvenes, árboles viejos, árboles gigantes. Muchos ya han sido talados y apilados en las aceras y costados de carreteras por toda la ciudad. Otros están tumbados ahí donde los dejó María, junto con paneles zinc, líneas eléctricas caídas y otros escombros.

Una casa en el municipio de Guaynabo. (Photo by Maite Junco)

El hombre que maneja el Boys and Girls club está sudando en la oscura pista de básquet cubierta convertida en centro de donación, mientras explica la magnitud de las inundaciones y el número de hogares dañados en esta parte empobrecida de San Juan. Dice que ya se ha dado un brote de conjuntivitis en las comunidades aledañas. Necesita más donaciones. Menciona desinfectante para manos, repelente de insectos y gotas para la conjuntivitis.

Más tarde en la noche, paramos en nuestro colmado habitual, To Go, en la Calle Loíza. Alguien sale de ahí con una bolsa de hielo. Wanda y nuestra amiga Inge corren a ponerse en la fila y asegurarse dos bolsas cada una. “No había visto hielo desde antes de María”, dice Inge, antes de cargar sus dos bolsas hasta un quinto piso en un edificio sin luz. Paramos en casa de Betty, en University Gardens, para entregarle un radio y algunas baterías, pero el hielo se convierte rápidamente en la atracción principal. Con Betty, su marido Daniel, dos de sus hijos y una novia, nos sentamos en el exterior, bajo las estrellas, bromeando y riéndonos mientras recordamos la primera frase de “Cien años de soledad”: “Muchos años después… el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Restos apilados de un roble caído frente a la casa donde vive la madre de la autora, en Río Piedras. (Photo by Wanda Lopez)

Desde ahí nos fuimos a casa de Vivian en El Monte, en Hato Rey. Es la única persona que vi que tenía electricidad de la red. No por mucho tiempo. Una avería en la central eléctrica San Juan devolvió a la oscuridad a los dos icónicos edificios en forma de media luna. Esa noche decidimos dormir en nuestro apartamento en Ocean Park. Las calles están desoladas, la puerta del parqueadero del edificio, como todas las puertas eléctricas, está abierta de par en par. Ahí donde normalmente hay 30 carros apenas hay cinco, como mucho. No tenemos un sitio asignado, pero parqueamos ahí igualmente y trepamos las escaleras a oscuras. Un generador enorme da energía a un edificio de lujo al otro lado de la calle. El ruido es ensordecedor, día y noche. Intentamos dormir, derretidas por el calor e inmersas en el estruendo.

Día 3

Para el tercer día, ya la gente que nos rodeaba nos había dejado boquiabiertas. Llevaban 19 días batallando. Algunos más, contando el tiempo que llevaba sin luz un millón de personas en la isla después que pasara el huracán Irma. En la urbanización Baldrich, un parquecito que nos encantaba ha quedado reducido a una madeja de árboles muertos y deshojados. Un padre logra encontrar un columpio que funciona, y está meciendo a su hijo en medio de la destrucción. En las canchas (la casa) de al lado, unos hombres juegan tenis, rodeados de postes de luz inclinados. La gente parece empeñada en conseguir una sensación de normalidad. En el Expreso Las Américas, una mujer ha encontrado un lugar en un área verde al costado de la autopista. Está sentada en una silla plegable bajo la sombra de lo que queda de un árbol, aprovechando la rara oportunidad de tener señal en su teléfono.

En la urbanización Baldrich en Hato Rey. (Photo by Maite Junco)

Nos dirigimos hacia el sur en la ruta de San Juan a Cayey y, desde la autopista, la magnitud de la destrucción se empieza a notar al pasar por Caguas. Millas y millas de desolación: Lo que era verde y tupido y tropical se ve seco y marrón y tenebroso. Parece como si el campo entero se hubiera quemado. Nos quedamos sin palabras, abrumadas, con lágrimas en los ojos. Comenzamos a subir las montañas de Guavate por las carreteras estrechas, que ahora son de un solo carril en muchas áreas. La fuerza del viento es impresionante. Se puede ver a través de lo que antes era un bosque espeso. Se siente como embrujado, como infernal. Pero al acercarnos, vemos que ya están naciendo hojitas nuevas en los árboles. La naturaleza está decidida a regresar. Una amiga nos explica que este fenómeno se llama “stress growth” – “crecimiento ocasionado por el estrés” –: Los árboles necesitan hojas nuevas para fabricar clorofila o mueren. No sé mucho de ciencia, pero los retoñitos verdes me dan esperanza.

Poste de alumbrado caído en Carolina. (Photo by Maite Junco)

La esperanza y la música también flotan en el aire cuando, en medio de estos parajes lúgubres, nos encontramos con un grupo de boricuas que han salido este domingo a comer pernil – carne de cerdo a la varita – junto a familiares y amigos en una de las muchas lechoneras del área de Guavate. Aquí y en todas partes, la gente cuenta historias sobre cómo aguantaron el embate de María, tanto las suyas como las de otros que han oído: Una señora pasó horas debajo de un colchón mojado cuando se le voló la casa en la isla de Vieques; las 8 horas sosteniendo puertas corredizas o ventanas que se estaban saliendo del marco; el viaje relámpago a Levittown para traer la insulina antes de que la inundación se tragara la nevera.

Y luego, las historias de las secuelas: Cabras y animales que arrastró el río aparecen muertos en las playas; caballos salvajes muertos se descomponen en Vieques, donde no hay combustible para que los camiones los remuevan. Finalmente, las criaturas con más esperanza, un grupo de guacamayos – hay una colonia en Guaynabo – golpeados y heridos, que un residente encontró refugiados en su patio. Al día siguiente llamó a un veterinario, y 6 de los 7 sobrevivieron.

Día 4

El cuarto día, nos toca volar de regreso a Nueva York. Es Día de la Raza. Nos dirigimos en carro hacia Carolina a ver a los padres de Wanda. Nos toma una hora en vez de los 20 minutos de costumbre por la odiada avenida 65 de Infantería, más ahora que los semáforos no funcionan. Algunos policías se han parado a dirigir el tránsito, pero no sirve de mucho. A los lados de la calle, los cables de luz están en el suelo. En los pasados cuatro días, hemos visto decenas – si no cientos – de ellos, pero muy pocos empleados de la autoridad de energía eléctrica reparándolos. Paramos a ver a mi madre, repartimos las provisiones que nos quedan, y nos dirigimos al aeropuerto con 4 maletas vacías.

Pasajeros en silla de ruedas, esperando para abordar un vuelo fuera de Puerto Rico. (Photo por Maite Junco)

Allí, nos topamos con uno de los momentos más tristes de nuestra visita. El terminal de JetBlue está lleno de viajeros mayores y muy enfermos, cuyas familias evidentemente los quieren mudar a un lugar más seguro. Una mujer de cuarenta y tantos años, muy enferma, con dos bolsas de solución intravenosa en las manos, se agarra de un familiar mientras cruza lentamente el terminal. Decenas de ancianos con caras atónitas esperan sentados en sillas de ruedas. Al menos uno de ellos tiene un tanque de oxígeno. Nos encontramos con mi amiga Beatriz. Su hija Laura va en el avión con nosotras, o eso creemos. Se va a los Estados Unidos a tomar el examen posgraduado del GRE, ya que en Puerto Rico la prueba fue cancelada. Preguntamos en los mostradores. “Su vuelo está cancelado”. La agente de JetBlue menciona que solo los viajes cuyo número empieza por 80 van a salir este mes.

Laura sale en su vuelo – que tenía el número 80 – a las 4:00 p.m. El nuestro, que no tenía el 80 y salía a las 4:01 p.m., no sale. Tenemos suerte de que nos dieron sitio en un vuelo que salía al día siguiente. Mientras esperamos que Laura se vaya, Beatriz nos cuenta una historia que ya es muy común: Ella y su novio tienen 6 hijos adultos entre los dos. Cinco de ellos ya se han ido o están en proceso de irse a vivir fuera de la isla. La vida como la conocíamos aquí ha cambiado, dice, mientras ve a Laura pasar los detectores de metales.

Aprovechamos la noche adicional para visitar el Viejo San Juan. Unos hombres con camisetas de la guardia costanera de EE.UU. entran al histórico Hotel El Convento pasándole por el lado a una de sus inmensas puertas coloniales, que el viento rompió y que ahora está en el suelo. La ciudad vieja está oscura y solitaria, y la cubre la llovizna. No hay ni un turista. La Taberna Lúpulo, un bar en la calle San Sebastián, está abierta. Un generador precariamente le da electricidad a una nevera grande de cerveza, a una guirnalda de luces que cuelga de arriba y a un radio portátil. Unos pocos residentes locales, junto a algunos militares estadounidenses y un periodista, comparten el espacio durante un rato. El tiempo se ha detenido en esta popular barra.

El Viejo San Juan. (Photo por Maite Junco)

Más tarde, en la calle Loíza, Panuchos es uno de los pocos lugares que está abierto en lo que solía ser una zona vibrante con decenas de negocios. No hace mucho, el renacimiento de la calle Loíza había sido tema de un artículo en el New York Times. Esta noche, esos días suenan muy lejanos. Panuchos está sirviendo un menú limitado, pero tiene mucha cerveza fría. El lugar está lleno de locales, y también hay unas dos docenas de enfermeras registradas estadounidenses que están aquí ayudando en los trabajos de recuperación. Una de ellas le dice a Wanda que van a estar 21 días en la isla pero que no tienen suficientes provisiones básicas ni medicinas para tratar la diabetes, la hipertensión, los fallos renales o el asma.

Día 5

Estamos de regreso en el aeropuerto a las 10 a.m. para un vuelo al mediodía. Nos atienden trabajadores de JetBlue con camisetas de Estamos con Orlando. Eso nos recuerda todas las cosas horribles que han pasado recientemente. El aeropuerto que nos recibió a pleno rendimiento hace unos días está solo parcialmente iluminado. Más tarde nos enteramos que hubo una avería en una central eléctrica, y el aeropuerto vuelve a funcionar con generadores. A mi lado en el avión se sienta una mujer americana retirada que vive en Vieques. También se va. Depende del turismo y no va haber trabajo por un buen tiempo. Se pasa las tres horas y medio del vuelo al borde de las lágrimas, recordando historias aterradoras de Vieques, una de las zonas más afectadas y aisladas de Puerto Rico.

*****

Regresamos a Nueva York hace ya cuatro días pero nuestros corazones están en Puerto Rico, en nuestro querido San Juan, con nuestros familiares y amigos, y muchos que, sabiendo que salieron mejor parados que otros, se arremangaron la camisa para ayudar a otros pese a la falta de las comodidades más básicas. Encontramos a los puertorriqueños unidos, organizados entre el caos y solidarios, pero también cansados, aislados por la falta de comunicaciones, y perplejos ante el despropósito de Washington. La recuperación será larga, y, como tantos otros aquí y allá tenemos grandes esperanzas en que emergerá un Puerto Rico más sostenible, ecológico, y más abierto a buenas ideas sin importar de qué ideología provienen. Prometo ser parte de ello a largo plazo. Espero que usted también.

 Maite Junco funge como asesora principal en el Dept. de Educación de la ciudad. Su viaje a Puerto Rico fue por motivos personales y estas son sus opiniones propias.

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