‘Lloro todos los días por Puerto Rico’

Vents sostenidos de 155 mills poor hora caesarean que tuna estación de gasolina casi se derrumbara. (Photo por Vanessa Colón-Almenas para Voices of NY)

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Mi agenda de Gmail estaba repleta de compromisos universitarios. Después de dos décadas,  esperando realizar una maestría en los Estados Unidos, finalmente, la concretaba a buen paso en la Escuela Graduada de Periodismo de CUNY, en la ciudad de Nueva York.

Estaba tranquila. Contenta. Un poco cansada y, en ocasiones, nostálgica por mi familia en Puerto Rico y el sol caribeño. Nunca es fácil regresar a un salón de clases como estudiante después de 17 años trabajando en una redacción. Y, aunque entre los 8.5 millones habitantes de esta ciudad conviven cerca de 690 mil boricuas, la patria siempre te acapara.

Para el domingo 24 de septiembre cumpliría con los “deadlines” de mis profesores gracias al fin de semana largo por la fiesta de Rosh Hashanah, el año nuevo en el calendario judío.

La agenda cambió el lunes 18 de septiembre de la noche a la mañana. Las noticias del huracán María por Fox News interrumpieron la tranquilidad en la sala de la casa de mi hermano menor, Pedro, y su familia en el barrio de Astoria en el condado de Queens.

“¿En serio quieres viajar a Puerto Rico mañana con María y con José en el panorama?”, me preguntó mi cuñada Normahiram Pérez con su ceja derecha más arriba que la de la icónica actriz María Félix en una foto blanco y negro.

No le respondí.

Dos huracanes pasando a la vez en el océano Atlántico eran suficientes persuasivos para no montarse en un avión. En lo que va del año, se han desarrollado 10 temporales en una temporada de huracanes sumamente activa.

Regreso al hogar

No pude dormir. Me levanté a las 2:00 a.m., a las 3:00 a.m., a las 5:00 a.m.  “¡Basta! Mami está sola y Fidel (mi hijo) estará nervioso”, pensé tras ver imágenes de mis amistades en Facebook del paso del huracán Hugo por Puerto Rico en 1989.

Mami se fue a trabajar con los damnificados de Hugo en la ciudad capital de San Juan. Mi hermano y yo nos alimentamos de las bolsas marrones de los militares por muchos días. Solo recuerdo que le echábamos agua para que la comida en plásticos se esponjara. De un vaso de agua con hielo bebimos como cinco en una noche sin luz frente a la casa de mi querida vecina Maribel. Estos recuerdos me vaticinaron la magnitud de la secuela del huracán María.

Un alud de lodo provocó que tres carros quedarán apiñados contra un residencia el día después del paso del huracán María en el municipio de Utuado, Puerto Rico. (Photo por Vanessa Colón-Almenas para Voices of NY)

En aquella ocasión, Hugo impactó a Puerto Rico, un territorio de EE.UU. desde 1898, como categoría 4 con vientos sostenidos de 140 millas por hora. Esta vez los titulares noticiosos indicaban que María se acercaba como categoría 5 y atravesaría a la isla. Ya el huracán Irma había hecho sus estragos el 6 de septiembre del 2017 como categoría 5 por el noreste. Irma dejó daños estimados en $1,000 millones, según dijo el gobernador Ricardo Rosselló en Washington.

Irma también dejó su huella en la memoria de mi esposo Benjamín, quien como corresponsal radicado en Cuba, tuvo que cubrir las incidencias de este fenómeno en el vecino país. Había escrito un post en Facebook con consejos ante un huracán categoría 5 que se había vuelto viral en Puerto Rico.

A sus 18 años, mi hijo Fidel no había experimentado un huracán de esta potencia. La rutina –pensé cándidamente– cambiará sin lugar a dudas por par de días. Su rígida pasión por consignar los resultados de los partidos de balompié en su página de Facebook se trastocaría, pues sabía que no habría ni luz ni conexión a internet. Qué mejor que su madre para enderezar los próximos entuertos en su mundo regido por el síndrome de Asperger, una forma de autismo de alto funcionamiento.

Cuando mi cuñada se levantó a la mañana siguiente de mi noche en vela, el 19 de septiembre del 2017, ya yo había comprado mi “ticket” de ida y vuelta. Regresaría a Nueva York el próximo domingo. Mi esposo también decidió ir a Puerto Rico después que le dije que yo ya estaba en el aeropuerto John F. Kennedy. No tenía idea del dolor inmenso que experimentaría durante esos 19 días.

Mi madre, Gloria Almenas Vargas, carga muchas historias en su corazón de 77 años oficialmente latiendo. Es maestra retirada y su trabajó le permitió conocer de primera mano las vicisitudes de muchos de los 78 municipios de la Isla. Su acercamiento a la cotidianidad de los barrios más pobres y residenciales públicos han sido las mejores lecciones de sobrevivencia para mi hermano y para mí. Puerto Rico es un país cuya incidencia de criminalidad es alta. Precisamente, hasta agosto, la Policía había registrado 26.676 delitos tipo 1, que incluyen asesinatos, homicidios voluntarios, violación a la fuerza, robos, escalamientos, allanamientos y hurtos de autos, entre otros.

En busca de gasolina

El huracán María nubló esa sapiencia callejera tras su paso por la Isla el miércoles 20 de septiembre del 2017. Por ejemplo, no hubo dinero ni labia que persuadiera a un transeúnte de que me vendiera un “candungo” de gasolina, como le llamamos a los envases rojos de 5 galones permitidos para echar gasolina y que podría costar $30. Mi oferta de $60 no fue lo suficiente tentadora para soltar lo que todo el mundo andaba buscando: gasolina y diésel.

Después del paso del huracán María, había largas filas para llenar tanques de gasolina por diferentes pueblos de la isla, como se muestra esta foto en el barrio Bayaney, en Hatillo, Puerto Rico. (Photo por Vanessa Colón-Almenas para Voices of NY)

Con vientos de 155 millas por hora, el ojo de María tocó tierra como categoría 4 a las 6:15 de la madrugada cerca del pueblo de Yabucoa, al este de Puerto Rico. Destruyó como le vino en gana.

Tres días después del huracán hice una fila de ocho horas para llenar el tanque de mi carro, cerca de la avenida 65th Infantería, en Río Piedras. Casi llegando al puesto, anunciaron a los más de 20 vehículos que éramos en ese momento que los abastos de gasolina del día se habían acabado. A media milla, luego de otras cuatro horas pude cumplir mi cometido en otro puesto.

Ese caluroso día fue exclusivo para la fila de la gasolina, no pude hacer la fila para abastecerme de agua, de comprar los víveres que quedan en el supermercado y mucho menos la fila para retirar dinero en efectivo de algún cajero automático, con lo único que se puede comprar ante la falta de luz.

Mami prefirió esperar sola a María. Así estuvo antes, durante y después. Su casa no sufrió daños mayores. Estaba como el resto de los 3.4 millones habitantes de Puerto Rico: sin agua (aunque luego llegó rápido), sin luz, sin teléfono y escombros a su alrededor.

Ante la falta de agua, la gente llega hasta la carretera 10, en el municipio de Utuado, para llenar sus envases de agua de manantial. (Photo por Vanessa Colón-Almenas para Voices of NY)

“Estoy bien, Vanessa”, repetía. “Este huracán me va a poner más gorda”, dijo un día con su humor agridulce. Yo no era la única que le llevaba comida a diario. Dos vecinas, cada una por su cuenta, le llevan su plato caliente con arroz blanco, sardinas o salchichas. Un privilegio que logran gracias a las plantas eléctricas portátiles instaladas en sus casas, que se han convertido en la “nueva red” de electricidad en el país. Una de ella también le guarda en su nevera el frasco de vidrio de la insulina, para evitar altas temperaturas que han sobrepasado los 90 grados Fahrenheit.

Muchas veces fui a casa de Mami después de haber llorado a lágrima viva debido a las cancelaciones de mis vuelos a Nueva York. ¿Perdería el semestre en CUNY? ¿Llegaría en algún momento a Nueva York?

Regreso a Nueva York

“Yo no regreso a Nueva York”, me dijo en su sala uno de los 18 días que fui a llevarle pollo con papas fritas y refresco frío. Su estadía en la urbe neoyorkina duró menos de un año en la década del sesenta, cuando ya habían emigrado más de medio millón de puertorriqueños por estos lares. El frío y la discriminación son las dos razones principales para no establecer su hogar permanente en la ciudad con más población de puertorriqueños en el mundo.

Norcy Ivelisse Ramos Colón, de 34 años y ama de casa, muestra cómo quedó el patio de su casa en el barrio Las Mareas, en Salinas, donde vive junto a su padres y su hermano. (Photo por Vanessa Colón-Almenas para Voices of NY)

Me embarqué a Nueva York en la madrugada del sábado 7 de octubre del 2017 con mi hijo y mi esposo. Todos los días he llorado.

El desconcierto de cuántas muertes relacionadas a María me hacen dudar de la transparencia del gobierno de Puerto Rico. La Policía dice que son 48 confirmadas. Evalúan cuatro fallecimientos por leptospirosis, una enfermedad causada por una bacteria transmitida a los humanos por orín de ratas y ratones. El CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades), a través del Departamento de Salud, informa de la importancia de hervir el agua y de cuidados de higiene obligatorios, pues casi es inevitable una epidemia de conjuntivitis, piojos y diarreas.

CNN dio a conocer que residentes del municipio de Dorado, al norte de la Isla, estaban consumiendo agua contaminada, pues escasea. La Agencia de Protección Ambiental (EPA) confirmó que ciertamente unos pozos aparecen en la lista del programa de descontaminación, conocido como los “superfondos”.

La dinámica y rápida respuesta del famoso chef español José Andrés, que ha repartido un millón de comidas en Puerto Rico, contrasta con la lentitud de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA). Para colmo, sigue lloviendo sobre mojado…literalmente. Fuertes chubascos empeoran las condiciones de los ríos y carreteras tras las 40 pulgadas registradas de lluvia durante el paso de María.

Ante la adversidad…un chapuzón de agua. Arnaldo Cruz, de 56 años, sostiene un tubo pvc (policloruro de vinilo), mientras que Domi Leonaldo, de 25 años, se refresca con agua sacada de un pozo improvisado en el barrio El Cocal, en Santa Isabel. El huracán María provocó el colapso de los servicios esenciales del agua, la electricidad y las comunicaciones. (Photo por Vanessa Colón-Almenas para Voices of NY)

“Puerto Rico tiene 2.400 millas de líneas de transmisión y 30.000 millas de líneas de distribución con 300 subestaciones a través de la isla. Aproximadamente 80 por ciento del sistema de energía eléctrica se dañó durante los huracanes Irma y María”, explica FEMA en su portal cibernético.

La recuperación será lenta.

Llevo dos días que no hablo con Mami. Hoy me llamó mi sobrina para decirme que los abanicos de batería llegaron después de 25 días desde que mi hermano los había enviado en “priority mail” desde Nueva York.

Lo que debe ocurrir ahora

Y es que Nueva York no ha parado de enviar ayuda a sus compatriotas en la Isla. Como miles de niuyoricans, mi hermano, mi cuñada y mi sobrino Diego llegaron hasta el gimnasio de boxeo El Maestro, en El Bronx, cuando vieron la destrucción de Puerto Rico. Allí ayudan a empacar cajas de donativos para transportar a la Isla, donde todavía las telecomunicaciones son erráticas. Nueva York ha recibido estudiantes provenientes de la Isla en sus escuelas públicas. Nueva York ha enviado policías y expertos.

En CUNY, he recibido abrazos cálidos y palabras de apoyo de la facultad y de los compañeros. En la ciudad, he visto camisetas, anuncios en los trenes y pancartas con consignas en apoyo a Puerto Rico. Mi hijo, por el momento, conoce el barrio de Corona, en Queens, donde nos estamos hospedando. Por primera vez tomó solo el tren desde Corona hasta Astoria. Algo que no hubiera imaginado en medio de esta situación.

Por el momento, me integro a los cerca de 700,000 puertorriqueños en la ciudad de Nueva York. Sé que ayudaré junto a la diáspora de la ciudad de Nueva York a “bregar”, como decimos los boricuas, para mejorar la situación del país.

Más de 75 por ciento del país se encuentra sin luz en Puerto Rico. Todavía hay un 25% sin agua. La comunicaciones son erráticas. El día a día es cuesta arriba cuando en la calle los semáforos no funcionan, cuando hay negocios que no han podido abrir nuevamente, cuando escasean abastos, cuando debes planificar el día tomando en consideración el tiempo de las filas, cuando empresas deciden prescindir de sus empleados agarrados de la excusa de María, cuando las escuelas no pueden recibir a los estudiantes, cuando hay doctores que en medio de una operación se les va la luz y deben continuar su labor con la luz de sus celulares, cuando la información provista por el gobierno es incompatible con la realidad que se vive en algunos pueblos del país.

La diáspora tiene una misión indiscutible: “Puerto Rico no puede caer en el olvido”. Ahora más que nunca las palabras fiscalizar, denunciar y reconciliar deben formar parte del decálogo de cada puertorriqueño fuera de la Isla. Nos toca trabajar incansablemente para que las páginas de la historias consignen cómo la diáspora no olvidó a los suyos, ayudó en la reconstrucción y denunció la injusta indiferencia. ¡Es nuestra razón de vivir!

Vanessa Colón-Almenas es miembro de la clase de 2018 de la Escuela Graduada de Periodismo de la Universidad de Nueva York (CUNY)

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