Regreso a Puerto Rico

  • A medida que el avión se acerca a San Juan, los cientos de toldos azules que cubren techos dañados hacen que la magnitud del impacto del huracán sea más evidente que en una visita anterior. (Foto: Wanda López)
Maite Junco, editora de Voices of NY entre 2012 y 2013, regresó recientemente a Puerto Rico junto a su esposa Wanda y su hijo Liam para visitar familiares y amigos y llevar provisiones para repartir. (Lea el relato de su visita anterior aquí.)

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La primera señal de que algo iba mal fue el azul brillante.

Los cientos de techos destruidos y cubiertos con los toldos azul brillante de FEMA que vimos mientras nuestro vuelo – medio lleno – de Delta descendía hacia San Juan nos causaron el primer shock. Aunque estas carpas se han convertido en uno de los símbolos de la chapuza que ha hecho la agencia en Puerto Rico, la sensación que se apoderaba de nosotros mientras aterrizábamos, y a medida que el mar de puntos azules se hacía más grande, era más de tristeza que de rabia.

Apenas dos meses después de que el Huracán María atizara la isla con toda su furia, los recuerdos de su fuerza mortal parecen aun más presentes. Ya se han recogido muchos de los árboles y escombros que vimos en el área metropolitana durante nuestra visita a principios de octubre, algunos semáforos funcionan, y hasta de los tocones de los árboles comienzan a brotar hojas, lo que los hace parecer “Chia Pets” gigantes. Sin embargo, hay muchas señales de lo poco que han mejorado las cosas. Aún hay áreas comerciales de San Juan sin luz, las ventanas de muchos negocios están tapadas con tablas, y cuándo y cómo salir de la isla sigue siendo un tema recurrente en la conversación. El servicio de electricidad continúa siendo irregular. Mi mamá, mi hermano y mis suegros siguen sin luz. En las montañas, nadie parece tener electricidad. Las carreteras siguen cerradas por los deslizamientos de tierra, y la ayuda parece haber pasado de largo a mucha gente. Los puertorriqueños han encontrado una especie de rutina dentro de este caos, pero se les hace difícil encontrar las palabras para explicar cómo esta debacle sin fin ha sido posible.

Como muchos, llegamos a la isla cargados de donaciones. Dos semanas atrás, habíamos organizado un evento improvisado en mi casa para recaudar fondos en el que recogimos casi $4,000 y decenas de provisiones de parte de amigos y de otros que deseaban ayudar. Con parte del dinero compramos más artículos, y nos conmovió la generosidad que reflejaba el cargamento: bombillas solares, semillas no genéticamente modificadas, abanicos de baterías, tabletas para tratar agua contaminada, repelente de insectos, mosquiteros, baterías, linternas, medicinas sin receta, ropa de cama, pañales para niños y adultos. Les avisamos a nuestros amigos en Puerto Rico que también querían ayudar para que identificaran grupos que necesitaran apoyo y personas con necesidades específicas.

Esto ha sido uno de los aspectos positivos de María: la solidaridad que ha surgido entre la diáspora boricua en todos los Estados Unidos, los “amigos de los puertorriqueños” de todas partes y los puertorriqueños menos afectados que se han prestado para ayudar desde el primer día. En los Estados Unidos, la diáspora no ha cejado en sus esfuerzos – grandes y pequeños – por ayudar. Desde la brillante idea detrás de la organización comunitaria EcoKit Puerto Rico en Nueva York – que coordina con gente que viaja hacia Puerto Rico para que lleven bolsas de provisiones ecológicas que sus voluntarios recogen en el aeropuerto en la isla – y Kalamazoo Loves Puerto Rico – un proyecto de recaudación de fondos que inició una profesora universitaria en Michigan – hasta la labor a gran escala de organizaciones no-gubernamentales de raíces puertorriqueñas como la Hispanic Federation, la diáspora ha acudido al llamado con una generosidad sin precedentes, construyendo por fin un puente que une a los puertorriqueños de todas partes. Las donaciones que cargamos en nuestras ocho maletas no son mucho comparadas con la necesidad y con los millones de dólares que se están recogiendo pero, como mucha gente que visita Puerto Rico, no podemos imaginar llegar a la isla con las manos vacías.

#PuertoRicoSeLevanta           

La popular Panadería España, uno de nuestros lugares favoritos para almorzar y comprar quesitos al llegar o salir de la isla, está llena. Esto es lo normal, pero ahora los clientes son una variedad diferente. Mientras nos sentamos a comer, llega media docena de oficiales de policía de Houston. Los han asignado aquí y, como todo el mundo, se están tomando un receso para tomar café. Es en la panadería donde notamos las banderas por primera vez. Todos los trabajadores parecen llevar camisetas bordadas con la bandera puertorriqueña y un eslogan. Los empleados de España llevan unas con el ubicuo #PuertoRicoselevanta, dos hombres que están almorzando tienen unas banderitas pequeñas en las mangas de sus camisetas azul marino de la Global Aluminum Factory. Por toda la isla, dondequiera que miramos, ondea la monoestrellada roja, azul y blanca: en autopistas, en lo alto de las montañas, en casas y comercios, en las antenas de los autos. Me recuerda al orgullo que se respira en Nueva York días antes de la Parada Puertorriqueña. Los empleados de Delta llevan la suya, que dice #SJUProud, tomando prestado el código del aeropuerto. Unos días después, vemos la de los empleados de Krispy Kreme, que creemos podría ser la ganadora en esta nueva vibra patriótica con su “No hay viento que pueda con nuestra alma boricua”.

Después de María, se agradece una celebración comunal como el Día de Acción de Gracias. Mi hermano Jorge y su esposa Margarita generosamente abren las puertas de su casa, y se junta un grupo de familias que suelen celebrar la festividad por separado: los padres y hermana de Wanda, mi mamá, los hermanos de mi cuñada y sus familias, y otros amigos. Nos une la potencia de un generador que permite al grupo pasar la tarde jugando dominó y disfrutando de comida casera y caliente en el fresco del aire acondicionado. Todo el mundo se siente agradecido por lo que tienen en un país que ha perdido tanto.

Al día siguiente, nos dirigimos a Dorado para entregar rápidamente una donación en una iglesia antes de irnos hacia Adjuntas, en el centro de la isla. Durante el viaje por la Cordillera Central, combinamos los ohs con los uys. La naturaleza está regresando de manera espectacular. Los árboles marrones sin hojas que había por todas partes en octubre ya no se ven. El pasto, las montañas, están más verdes que nunca, con un tono de verde casi esmeralda. Los tocones de árbol lucen pequeños afritos verdes – moñitos – por todas partes; ciertamente se ven diferentes. La mayoría no tiene ramas – aún – y no dan mucha sombra, pero se ve que están definitivamente vivos.

Sin embargo, la esperanzadora vegetación está rodeada de la devastación de casas e inmuebles. Hay edificios sin techo, sin paredes y sin ventanas. Nuestro auto pasa por encima de cables de electricidad y de teléfono derribados; cables de cuatro pulgadas de ancho con otros cables más pequeños de colores por dentro, aplastados. Vemos pilas de objetos arruinados, colchones, enseres electrónicos, agrupados al borde de las carreteras rurales. Nos preguntamos si alguien los recogerá algún día.

Nuestra amiga Marga y su hija Laura se nos unen, y llegamos a Casa Pueblo, una organización sin fines de lucro que lleva mucho tiempo trabajando por el medioambiente en Adjuntas y los pueblos circundantes de Utuado, Jayuya y Lares. Al entrar en la espaciosa casa colonial donde se encuentra su base de operaciones, nos llenamos instantáneamente de esperanza por el futuro de Puerto Rico. La casa funciona con energía solar, tiene un sistema hidropónico, un jardín de mariposas y una estación de radio. Aquí, la gente de la comunidad viene a cargar sus aparatos electrónicos, y una mujer tiene enchufado el nebulizador que usa para tratar su asma.

Nos presentan a Tinti, una de las fundadoras de Casa Pueblo hace casi 40 años, cuando la comunidad se organizó contra los planes de desarrollar la minería en el área. Tinti explica que ha estado repartiendo miles de bombillas solares en hogares del área y que la ha conmovido ver los pequeños paneles solares cargándose afuera de las casas durante el día en todas las carreteras. Estamos dispuestos a dejarle todo lo que tenemos, pero Tinti es selectiva y mesurada. Toma lo que piensa que su comunidad necesita más y nos insta a llevarles lo demás a otros. Escoge bombillas solares, semillas, mosquiteros, abanicos y desinfectante de manos, y no se queda con muchas baterías ni latas de aerosol, pues tiene en cuenta el medioambiente. Me agrada ver su compromiso. Necesitamos más Tintis.

“Friends of El Barrio”

Tinti toma nota de nuestra visita en una libreta: “Friends of El Barrio”, nos llama. Dice que hay necesidad de artículos de higiene personal. Le prometemos que se los mandaremos por correo, pero enseguida decidimos que es mejor apoyar los comercios locales y compramos todo en una farmacia que queda en la misma plaza del pueblo con el dinero que nos queda de las donaciones. Bajamos de la montaña. Llueve, y el agua se lleva el fango que todavía cubre muchas de las carreteras.

 El sábado nos unimos a una caravana de voluntarios puertorriqueños que van a cocinar una paella y a llevar donaciones en una comunidad de Morovis, otro pueblo en la montaña. El área es tan remota que nos tienen que guiar hasta allá. A medida que subimos, nos quedamos atónitos con la belleza. La carretera estrecha llega a dejar de estar al borde de la montaña y llegamos a la cima. Estamos tan alto que la cordillera está debajo de nosotros y se ve el océano a la distancia. Llegamos al Barrio Vaga en el sector 3 de Morovis, a una casa de cemento donde el grupo va a montar una cocina al aire libre para preparar la paella sobre una barbacoa de gas.

Alrededor nuestro, se oye el kikirikí de los gallos, los potros galopan y se siente el aroma de las carnes de cerdo, pollo y la salchicha cocinándose en la paella más grande que he visto jamás.  Aquí, en este paraíso al lado del cielo, María fue implacable: Nuestro vecino dice que midió vientos de 217 mph en su medidor manual.

Subimos una colinita para ver lo que queda de una casa. Un hombre, con su nieta en brazos, está en el medio de un piso de loza: la vastedad del campo ocupa el lugar de las paredes. Con naturalidad, explica que vio desde la casa de abajo cómo María desmanteló progresivamente su casa, que tenía un año. El maestro de educación física dice que FEMA le dijo en un principio que solo calificaba para un préstamo porque tiene trabajo. “Todavía estoy pagando el préstamo de la casa que construí”, explicó. Ahora espera por una segunda opinión de FEMA.

Paella y chinchorreo

La paella está casi a punto, y los vecinos comienzan a llegar. Los chefs voluntarios se aseguran de decorarla con los tradicionales espárragos blancos y guisantes antes de declararla lista para servir.

“Ah, calientito”, suspira una mujer que lleva un plato humeante. La comida caliente hecha en casa se ha convertido en un lujo un mundo en el que la mayoría de las neveras y estufas no funcionan desde el 20 de septiembre. Un grupo de unos 10 niños se sienta en el piso y ataca el arroz amarillo con gusto.

Sacamos todas las donaciones que nos quedan y las ponemos junto a las que trajo la caravana: comida de lata, arroz, más mosquiteros, abanicos y baterías para que los residentes se lleven a casa con sus raciones grandes de paella. No podían estar más agradecidos ni haber sido más amables con nuestro grupo, y nosotros agradecemos la oportunidad de ayudar.

Mi hijo Liam no vino con nosotras en nuestra primera visita después de María. Pero ha visitado la isla muchas veces en sus 16 años de vida y ve claramente que las cosas no están bien. Ver árboles aplastados, vallas publicitarias destruidas y otros daños en el área de San Juan le “rompe el corazón”. Sin embargo, es en el campo donde sus ojos jóvenes encuentran la “devastación total” que él mismo piensa tomará años en reponerse. Pensamos en el largo camino que queda por delante, especialmente al ver lo poco que han mejorado las cosas desde nuestra primera visita. Todo esto me hace pensar que, aunque #PRselevanta es el grito unificador oficial post-María, lo que hace falta no es devolver a Puerto Rico a donde estaba antes del huracán, sino que necesitamos cambios radicales y transformativos. La única forma de salir de este desastre es a través de la transformación, y esa es también la única forma en que un día vamos a poder mirar atrás y decir que el dolor y la resistencia de tanta gente valió la pena y que fue el comienzo de una era nueva y mejor para Puerto Rico.

Cerramos en Morovis y, como estamos en Puerto Rico, es hora de “chinchorrear” – ir de barra en barra – en el campo. El líder comunitario que nos guió montaña-arriba en Morovis ahora dirige al grupo hacia abajo y nos lleva a sus lugares favoritos. El primer lugar tiene una vista gloriosa, pero el dueño dice que no puede servirnos tragos porque no le queda hielo. No importa: a nosotros nos queda un poco. No quiere que paguemos por la bebida, pero insistimos.

Frente a ese barcito, llamado La Barra de Don Guillo, hay una casa completamente derruida, y lo único que se distingue entre las paredes colapsadas es un lavamanos doble amarillo tumbado de lado. Él era el dueño de esa casa y la tenía alquilada. La casa donde vive, que queda al lado, corrió mejor suerte. A la distancia, vemos que falta una sección grande de la carretera que se  derrumbó tras un desprendimiento de terreno. Nuestra próxima parada es en El Rincón del Jinete, un bar al aire libre en Orocovis decorado con motivos equinos y que parece de otra época. El huracán golpeó fuerte el baño al aire libre del local, y lo que queda de él es una madeja de paneles de aluminio y madera. Estamos contemplando esa escena cuando llega un cliente a caballo, vistiendo unas botas de vaquero y un sombrero que hacen su entrada más dramática. Amarra al animal a un arbolito, y entra a tomarse un trago.

El chinchorreo continúa, pero nosotros estamos exhaustos y nos vamos a San Juan.

En el camino de regreso, paramos de nuevo en Dorado, un pueblo playero de la costa norte, al oeste de San Juan donde mis padres compraron una casa antes de que el pueblo se llenara de residencias. Quería ver cómo estaba la casa. No traemos llaves, pero entramos en el complejo cerrado a ver si podemos mirar desde afuera. Hay palmas tumbadas por todas partes, una pared de cemento colapsó en varios puntos, la piscina del complejo está verde, y el acceso a la playa está cerrado con candado. El lugar parece abandonado; es difícil saber si alguien está viviendo allí. Un guardia de seguridad que luce demasiado joven vigila la entrada. El sol aún no se ha puesto, pero es un lugar en el que debe dar miedo hacer guardia en la oscuridad.

El domingo próximo, regresamos a casa a Nueva York. Habíamos planificado volver con las bolsas vacías y dobladas pero, como el éxodo continúa, nos preguntan si podemos llevar cosas para otros. Traemos una bolsa para mi sobrino Jorge Luis, quien se muda a Nueva York y viaja más tarde el mismo día, y dos para Laura, que se muda con su novio este invierno. Mi madre, cansada del trajín diario que causa el generador, por fin decidió que sí, que se va, y viaja al otro día a Miami, donde tenemos familia. Mi hermano Jorge no se va a ninguna parte, pero se tomará un descanso y, en vez de que sus otros dos hijos universitarios vengan a visitarlo a él durante las fiestas, él va a viajar a Nueva York y se verán todos allá. Mi madre hará lo mismo.

Así, nos reuniremos todos este domingo para Nochebuena junto con amigos, al menos dos de los cuales también tendrán a sus padres de visita desde Puerto Rico, revirtiendo el ritual anual de viajar a la isla para Navidad. Sin embargo, no tengo duda de que, a pesar de que la comida nos será familiar – el pernil, los pasteles, el coquito –, Puerto Rico y su futuro será lo que todos tendremos en la mente y el corazón.

Maite Junco es asesora principal en el Departamento de Educación de la Ciudad de Nueva York. Viajó a Puerto Rico en su carácter personal, y estas son sus opiniones.

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