Bautismo de fuego: El lanzamiento de La Prensa como diario en 1918

Portada de La Prensa en 1915. (Cortesía del Centro de Estudios Puertorriqueños)

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La noche del 4 de junio de 1918, la ciudad de Nueva York quedó a oscuras después de que el comisionado de policía de Nueva York, siguiendo las instrucciones del Departamento de Guerra de Estados Unidos, ordenó apagar todas las luces de la ciudad con la excepción de los faroles de la calle. El motivo era estudiar cómo proteger a la ciudad ante posibles ataques aéreos alemanes.

Ese mismo día salió a la calle el primer ejemplar diario de La Prensa, hasta entonces un modesto semanario en español fundado cinco años antes. Hoy, un siglo después, sigue publicándose como El Diario/La Prensa después que se fusionara con El Diario de Nueva York en 1963.

Aunque está reconocido como el periódico en español más antiguo de los Estados Unidos, se sabe muy  poco de los inicios de La Prensa como diario, que significaron la diferencia entre la vida y la muerte  para miles de hispanos residentes en la ciudad de los rascacielos. Gracias a los esfuerzos de sus fundadores, miles de inmigrantes hispanos se libraron de luchar, y muy posiblemente morir, en las trincheras europeas, en una guerra que no era la suya.

Un estudio extenso de los renovados archivos de La Prensa del Centro de Estudios Puertorriqueños, además de otras fuentes de la época, nos cuenta esta notable historia que ha permanecido en el olvido por décadas.

La Prensa empezó el 12 de octubre de de 1913 como un semanario de cuatro páginas publicadas y redactadas principalmente por su fundador, el inmigrante español Rafael Viera y Ayala. En 1915, después de pasar por constantes dificultades económicas, Viera entregó la dirección y administración de la empresa “Viera Publishing co.” al escritor colombiano José M. Vargas Vila. Un año más tarde, el periódico fue adquirido por Henrick P. de Vries, Frederick W. Hersey y Francis P. Pace., quienes rebautizaron la empresa como “LA PRENSA Publishing Co.” Todos estos directivos estadounidenses fueron dimitiendo en los años siguientes, en que la única figura permanente fue la del director del periódico, el periodista chileno Alfredo V.D.H. Collao.

Se da la circunstancia que el propietario Hersey era Superintendente General de las terminales del Puerto de New York y agente de la Compañía marítima Cunard. A esta línea pertenecía el buque Lusitania cuando fue torpedeado por submarinos alemanes en mayo de 1915, uno de los principales factores que contribuyeron a la eventual entrada de Estados Unidos en la llamada Gran Guerra.

El conflicto europeo iniciado en 1914 estaba teniendo un gran impacto en toda la ciudad, y muy especialmente en su creciente comunidad hispana. La ciudad, por mucho tiempo vista como un gran puerto comercial y financiero capaz de competir con Hamburgo o Liverpool, se consolidó también como capital mundial de las artes. Mientras cientos de artistas huyendo de la guerra se asentaron en Nueva York, en 1916 se estrenó con gran éxito en el Metropolitan Opera House la primera ópera en español en la ciudad: “Goyescas,” del compositor español Enrique Granados.

Al cerrarse la entrada a las grandes capitales europeas como Londres o París, familias ricas de países latinoamericanos como Brasil, México o Cuba optaron por Nueva York como su destino para ir de compras y disfrutar de su oferta cultural. Los comercios de Nueva York tomaron nota, y por primera vez fue común ver en los escaparates los carteles “Se Habla Español”. La misma ciudad empezó a promover la enseñanza de la lengua española, especialmente tras la prohibición de enseñar alemán en las escuelas. En 1917 se fundó la Asociación Americana de Profesores de Español y Portugués, que sigue vigente hoy en día, y en mayo de 1918 el alcalde John Francis Hylan declaró que el español “debería ser la principal lengua extranjera enseñada a nuestros jóvenes”.

El gusto americano por el arte hispano no era nuevo. Fue la época del llamado “Spanish craze” (1890-1930), que dio lugar desde a estilos arquitectónicos (Spanish Revival) a fenómenos de cultura popular como El Zorro. La institución más representativa de aquel periodo es la Hispanic Society of America, el gran museo de arte hispanoamericano fundado en 1904 por el filántropo Archer Milton Huntington en Washington Heights, que en 2012 fue nombrado Monumento Histórico Nacional.

La ley de reclutamiento

La comunidad hispana de la ciudad también se encontraba en pleno crecimiento y, aunque no se podía comparar con la italiana o polaca, en la época de la guerra ya contaba con unos 50,000 hispanohablantes. Entre ellos se contaban unos 30,000 inmigrantes españoles y una numerosa colonia de diferentes países latinoamericanos y Filipinas. A ellos se les empezaba a sumar la llegada de miles de puertorriqueños tras otorgárseles la ciudadanía en marzo de 1917.

Llegada de reclutas del Ejército de EE.UU. a Camp Upton, Long Island, durante la Primera Guerra Mundial (foto vía LongIslandgenealogy.com)

La mayor parte de esta comunidad tenía escaso conocimiento de la lengua inglesa y, a diferencia de la élite que asistía a la ópera, era de clase trabajadora. Para ellos, el periodo fue marcado por el racionamiento de alimentos y la leva de tropas como parte de la que fue la mayor movilización militar de la historia. Por primera vez, Estados Unidos instauró el “servicio selectivo” (“Selective Service Act”),  que entró en vigor en mayo de 1917, con el propósito de reclutar a millones de jóvenes para detener al ejército del Kaiser en Europa.

Mientras todos los ciudadanos estadounidenses entre 21 y 31 años estaban llamados a filas, se excluyó del reclutamiento – “draft” – a la numerosa comunidad alemana y a los ciudadanos de países neutrales, como españoles y latinoamericanos, que no hubieran iniciado sus trámites de ciudadanía (“first papers”).  Sin embargo, un largo debate en Washington entre senadores, representantes y el Presidente Wilson sobre si reclutar extranjeros o no sembró confusión entre los millones de inmigrantes en el país, y los mismos reclutadores no estaban seguros de quién estaba exento y quién no.

Al igual que a todos los demás neoyorquinos en edad militar, miles de hispanos recibieron cartas de reclutamiento obligándoles a responder a un cuestionario, registrarse en una de las 189 oficinas de reclutamiento o juntas locales (“local boards”) establecidas en la ciudad, y pasar un examen físico. Solo después de esos trámites podían presentar documentación que probara su ciudadanía extranjera para que se les concediera la exención.

Las cartas causaron gran inquietud en la comunidad. Muchos no querían registrarse por miedo a ser reclutados, o sentían la obligatoriedad del examen físico como una humillación. Otros, al no saber inglés, no respondieron a la llamada, con lo que fueron inmediatamente clasificados como desertores. También hubo casos de inmigrantes que, por no contar con asesoría legal, no presentaron la documentación debida y acabaron siendo mandados a las barracas militares de Camp Upton [que ahora alberga el Brookaven National Laboratory], en Long Island, junto con los demás soldados rumbo a Francia.

Los judíos españoles

Por entonces, La Prensa seguía su penosa andadura bajo la dirección de Collao y otro chileno, Eduardo Montenegro, lo que hizo que en la comunidad hispana se ganara la fama de “periódico chileno”. La primera vez que La Prensa registró el impacto del “draft” en la comunidad hispanohablante fue un artículo del 23 de junio de 1917, “Los judíos españoles y el servicio militar”, que relataba la complicación a la que se enfrentaba la numerosa comunidad sefardita en la ciudad. Estos descendientes de los judíos expulsados de España en 1492 provenían de diversas regiones del Imperio otomano, y todavía se expresaban en castellano aunque lo escribían en caracteres hebreos (ladino). La llegada reciente a Estados Unidos de más de 50,000 sefarditas que huían de la Gran Guerra los convirtió en uno de las principales grupos de habla hispana en la ciudad.

La primera vez que La Prensa registró el impacto del “draft” en la comunidad hispanohablante fue en este artículo del 23 de junio de 1917, “Los judíos españoles y el servicio militar”. (Cortesía del Centro de Estudios Puertorriqueños)

Entre otros motivos éticos y religiosos, este grupo explicaba que no podía tomar armas en contra de territorios donde todavía residían sus familiares. “En su mayoría, estos residentes de la Unión conservan la nacionalidad legal del país de donde proceden, es decir, de Turquía”, explicaba el artículo. “Desde un punto estrictamente jurídico, son extranjeros enemigos (‘alien enemies’) y están sujetos a las medidas de policía de restricción de tránsito y demás que se han puesto en práctica con respecto de los alemanes, austrohúngaros y otros aliados de Alemania”.

El artículo menciona una reunión en el University Settlement, 184 calle Eldridge, en que líderes sefarditas hicieron un llamado pidiendo ayuda al Rey de España Alfonso XIII y a toda la comunidad hispana de los Estados Unidos. La Prensa también exhortó a sus lectores a apoyar a este pueblo, argumentando: “Es evidente que su deber de solidaridad y reciprocidad debiera asociarlos en la defensa de los judíos españoles”. El periódico continuaba así una larga tradición de colaboración entre ambas comunidades. En sus memorias, el puertorriqueño Bernardo Vega recuerda esta hermandad, mencionando frecuentemente la participación del judío sefardita Jacobo Silvestre Bresman en los movimientos de liberación antillanos que surgieron la ciudad durante el siglo XIX junto a figuras como Betances, Hostos o Martí.

Pronto, la atención de La Prensa tuvo que pasar de la situación particular de los sefarditas a concentrarse en sus lectores naturales: los españoles y latinoamericanos que se vieron envueltos en la leva militar. El 22 de septiembre de 1917, en un artículo con el largo título “La conscripción no incluye a los neutrales – En consecuencia, los hispano-americanos pueden estar tranquilos”, el periódico intentaba calmar la alarma que surgió en los barrios latinos cuando se anunció que el ejército planeaba reclutar a todos los extranjeros domiciliados el país.

Aunque la medida solo aplicaba a ciudadanos de países beligerantes aliados, muchas juntas locales ignoraron la letra pequeña y continuaran reclutando latinos no-ciudadanos. Los atropellos y abusos de poder fueron notorios, en parte debido a las prisas por organizar una milicia masiva, y por la desorganización reinante en las juntas, que a menudo no aplicaban criterios unificados. También abundó la falta de sensibilidad hacia grupos minoritarios e inmigrantes. En marzo de 1918, un avergonzado Presidente Wilson ordenó que se eliminara la frase “los nacidos en el extranjero, y especialmente los judíos, son más aptos para fingir enfermedades que los nativos” de un documento público, el manual médico de las juntas locales preparado por el ejército.

Muchos de los hombres que no se presentaban a su cita fueron capturados en redadas (“raids”) de la policía secreta en busca de desertores (despectivamente llamados “slackers”, o vagos). Las redadas solían darse en lugares frecuentados por inmigrantes, como baños turcos o restaurantes chinos. Los “slackers” eran detenidos y mandados a las barracas militares de Fort Jay, en Governors Island, y la pena por deserción podía ser de hasta 10 años.

Mientras también hubo voluntarios que se alistaron en el ejército para defender la causa de los aliados, La Prensa reportó el caso aislado de tres españoles residentes en Bridgeport, Connecticut – José Reyes, Antonio Barrial y Jesús de Veda ­–, quienes fueron detenidos en septiembre de 1917 acusados de sedición, al serles encontrados retratos del Kaiser Guillermo y mapas de los Estados Unidos en sus habitaciones.

El ‘Caso Martínez’

El caso que dio a conocer el problema de los reclutados latinoamericanos en los medios locales en inglés fue el arresto en octubre de 1917 del Vicecónsul de México Jesús Martínez, quien se negó a acudir a la llamada de la junta local 145 (cerca de City College) argumentando que el ejército le estaba reclutando ilegalmente.

Las autoridades locales declararon al New York Times que todo fue un malentendido: que Martínez había sido llamado, como todos los jóvenes del país, a prestar una declaración jurada y que solo tenía que demostrar su ciudadanía mexicana para que le dejaran volver a casa. Sin embargo, Martínez siguió negándose a colaborar y fue juzgado bajo el cargo de “draft delinquent”, o desertor. El consulado utilizó el caso para llamar la atención sobre los abusos de la leva, y declaró que más de 100 mexicanos habían sido reclutados contra su voluntad en la ciudad de Nueva York. Por su parte, el embajador Mexicano en Washington, Ignacio Bonillas, también protestó contra la leva de mexicanos en el ejército norteamericano, particularmente en los estados fronterizos.

José Camprubí (2o por la izq.) y sus hermanos en una foto familiar de 1941. ( Cortesía de la familia Camprubí)

Según un reporte de esa época del diario español ABC, el Consulado General de España en Nueva York comunicó a su embajada en Washington más de cien irregularidades similares cometidas contra sus compatriotas.

El  destino de muchos de esos inmigrantes reclutados fue a menudo trágico, como lo describió un vívido editorial de La Prensa de junio 1921:

“Millares de nuestros compatriotas fueron, en efecto, llevados a los campamentos, forzados a ingresar en el ejército. Varios centenares de conscriptos de esta forma, muchos sin siquiera un rudimentario conocimiento del inglés, pelearon en Francia en las filas de los regimientos norteamericanos. Y entre las cruces blancas que marcan las tumbas dejadas en tierras europeas por las fuerzas expedicionarias americanas, nadie podrá nunca saber cuántas corresponden a los españoles que, forzados a pelear por una causa que no conocían, bajo una bandera que no era la suya, perdieron la vida sin gloria y sin objeto en medio de una desesperación impotente que nada puede describir.”

Sin embargo, no fueron los diplomáticos quieren fueron a ayudar a estos inmigrantes, sino una poco conocida pero central figura en la historia del periodismo hispano en Estados Unidos.

La Spanish Local Law Board

José Camprubí, un ingeniero hijo de españoles nacido en Puerto Rico, criado en España y educado en Harvard, era entones el director de la Unión Benéfica Española (UBE), la principal asociación española de socorro mutuo en Estados Unidos, fundada en 1914. Desde que empezó la leva, las oficinas de la UBE se vieron desbordadas por una avalancha de españoles y latinoamericanos llamados a filas a los que la organización comenzó a prestar ayuda legal.

Camprubí, quien desde su nombramiento en enero de 1917 había solicitado el apoyo del periodismo español local para publicitar las actividades de la UBE, buscó una alianza con Collao para que lo ayudara a comunicarse con los afectados. El 1 de diciembre de ese año, una nota en la portada de La Prensa exhorta a “todos los hispanos” de la ciudad en edad de servicio militar a que acudan a las oficinas de la UBE en Broadway 18 para informarse sobre cómo responder correctamente los formularios y pedir la exención.

Paralelamente, Camprubí inició gestiones personalmente con el preboste mariscal general del ejército Enoch Crowder, encargado de toda la operación de reclutamiento, y su representante en Nueva York, Martin Conboy.

En una reunión que incluyó a Camprubí, Crowder, Conboy y el abogado Henry Taft, hermano del expresidente de los EE.UU., se acordó la creación de una junta local de abogados hispanoparlantes en el local de la UBE, que sería dirigida por el prestigioso jurisconsulto Severo Mallet-Prevost.

Uno de los anuncios que La Prensa publicó diariamente por meses con los números de entre 20 y 30 personas llamadas por el ejército, y el orden en que se les convocaba a la Spanish Local Law Board. (Cortesía del Centro de Estudios Puertorriqueños)

La “Spanish Local Law Board” fue la única junta que se constituyó para una comunidad extranjera en particular, y se sumó a las otras 189 juntas locales de la ciudad el lunes 8 de julio de 1918. Como lo relata un artículo de La Prensa publicado tres años después: “De todos los Estados Unidos acudían a Nueva York españoles e hispanoamericanos a acogerse a su protección. El Local de la Unión Benéfica Española hízose insuficiente para el público que lo sitiaba a todas horas. Aceptóse un generoso ofrecimiento del Sr. [Luís] Llansó, representante de la Compañía Trasatlántica de Barcelona, para ocupar una oficina de su edificio”. Esa oficina, en el número 8 de la calle State, operó hasta finales de ese año, y empleó a un equipo de 28 personas, incluyendo 12 abogados y 12 auxiliares.

Mientras realizaba estas gestiones, Camprubí se dio cuenta que una publicación semanal no sería suficiente para informar a todas las personas afectadas por el reclutamiento, por lo que le propuso a Collao convertir a La Prensa en diario. Sin abandonar su puesto en la UBE, y sin anunciarlo públicamente, Camprubí compró el periódico al entonces propietario, Sr. Hersey, varios meses antes de que la Local Board estuviera establecida.

El 15 de noviembre de 1917, el nuevo dueño mudó las oficinas del 24-26 de la calle Stone al 245 de la calle Canal. En ese local también compró una imprenta, una de las muchas inversiones que tuvo que hacer de su bolsillo, que incluyeron contratar a una gran cantidad de personal para lograr producir una publicación diaria. Hasta ese momento, el periódico empleaba a solo seis personas.

Mientras su página editorial defendía vigorosamente la causa aliada, y animaba constantemente a sus lectores a aportar al esfuerzo militar comprando bonos de guerra (liberty bonds), La Prensa ayudaba discretamente a los inmigrantes conscriptos. Desde su lanzamiento como diario el 4 de junio de 1918 y por varios meses, su segunda página publicó todos los días los números de entre 20 y 30 personas llamadas por el ejército, y el orden en que se les convocaba a la Spanish Local Law Board.

Según un informe oficial de la UBE, fueron atendidos 1,780 hispanos; 1,000 de ellos considerados desertores. Gracias a esa gestión, cientos de hombres pudieron salir de las cárceles y campamentos militares, y obtuvieron documentos con los que podían volver a la vida civil.

Después del fin de la guerra, Camprubí dejó la Unión Benéfica Española 1921 para dedicar todo su tiempo a dirigir La Prensa hasta su fallecimiento en 1942. Luis Llansó fue elegido como su sucesor al frente de la UBE, que años después compraría un edificio en el 239 de la  Calle 14 Este que hasta el día de hoy alberga la institución de españoles más antigua de Nueva York, La Nacional. Después de este bautizo de fuego, La Prensa se estableció sólidamente como un pilar de la comunidad hispana en Estados Unidos, y un siglo después sigue apareciendo todos los días en las calles de Nueva York.

Carlos Rodríguez Martorell es un a colaborador de Voices of NY y periodista independiente. Realizó la investigación histórica del centenario de El Diario/La Prensa en 2013, y buena parte de este artículo está basado en una investigación original.

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